El incremento de episodios de violencia escolar, en algunos casos asociados a retos virales difundidos a través de redes sociales, reintroduce en la agenda una problemática de carácter multifactorial que afecta a niños y adolescentes. Este fenómeno no se presenta de manera aislada, sino que se inscribe en un contexto más amplio de tensiones sociales y de deterioro del bienestar emocional, con impacto directo en la salud mental de la población infantojuvenil.
La licenciada en Educación Maru Duberti señala que estas conductas no emergen de forma súbita, sino que responden a procesos progresivos. En este marco, define a la escuela como un espacio de “caja de resonancia”, donde los estudiantes expresan y canalizan conflictos emocionales y experiencias que exceden el ámbito educativo.
Entre los factores predisponentes, la especialista identifica la necesidad de pertenencia como un elemento central. La ausencia de validación emocional y de escucha activa por parte de los adultos de referencia —tanto en el entorno familiar como escolar— incrementa la probabilidad de manifestaciones conductuales disruptivas, incluidas conductas agresivas.
En paralelo, se observa una creciente incidencia del uso intensivo de redes sociales. La exposición continua —sin pausas— a contenidos digitales, incluidos desafíos que promueven la agresión o conductas autolesivas, constituye un factor de riesgo relevante. La falta de herramientas para la autorregulación y el establecimiento de límites adecuados potencia la vulnerabilidad de este grupo etario.
Frente a este escenario, se destaca la necesidad de implementar límites claros, consistentes y compartidos entre la familia y la institución educativa. La ausencia de criterios unificados debilita las estrategias de contención. Asimismo, se subraya que la tolerancia a la frustración forma parte del desarrollo evolutivo, pero requiere del acompañamiento de adultos que orienten mediante pautas coherentes y comunicación efectiva.
El tiempo de calidad en los vínculos se posiciona como una herramienta preventiva clave. Espacios cotidianos de diálogo favorecen la detección precoz de situaciones de riesgo, como casos de acoso escolar o violencia, tanto en el rol de víctima como de agresor. La calidad del intercambio y la percepción de escucha activa resultan determinantes.
En cuanto al abordaje institucional, si bien existen protocolos específicos para la intervención ante estos episodios, se enfatiza la importancia de su aplicación sistemática y sostenida. No obstante, se plantea la necesidad de un enfoque integral que trascienda el ámbito escolar e incluya estrategias de promoción de la salud emocional en la comunidad.
Finalmente, Duberti remarca la responsabilidad indelegable de los adultos en el acompañamiento y formación de niños y adolescentes. La capacitación continua y la generación de entornos de contención adecuados constituyen pilares fundamentales para la prevención y el abordaje de estas problemáticas.
El desafío radica en articular acciones interdisciplinarias entre familia, escuela y comunidad, con el objetivo de promover entornos seguros y fortalecer la salud emocional, priorizando el diálogo, la contención y la educación socioemocional.